Todo empieza abajo, en el suelo. La sombra que se deja crecer, la altura a la que se siembra y la paciencia de no forzar el ciclo deciden buena parte de la taza mucho antes de que exista un grano.
Se recoge grano a grano, solo el fruto en su punto exacto. Es la parte más lenta del oficio y la que no admite atajos: un fruto verde o pasado se lleva por delante el trabajo de todo un año.
Beneficio, secado y tostión. Aquí el café no se transforma en otra cosa: se le quita lo que sobra para que aparezca lo que la montaña ya había puesto. Lotes cortos, control en cada paso.
La taza es la conclusión, no el punto de partida. Todo lo anterior existe para este momento: que lo que se sirve sea exactamente lo que el origen prometía.